Rousseau. El ser humano: héroe o villano

Carlos Fernández López 48636137-S

La humanidad, hombres y mujeres, niños y niñas, recién nacidos o personas cuya sombra de la muerte acecha cual ave de presa; todos, sin excepción, nacemos para morir siendo héroes o villanos. Por un lado, conquistadores del saber, de la cultura y del arte, por otro lado, y en ocasiones, al mismo tiempo, ignorantes e incapaces de ser libres.

Curiosa palabra es la libertad, pues engendra miles de definiciones, mas ninguna es lo suficientemente válida o, mejor dicho, universal, para ser aceptada por todos los seres humanos que habitan en la Tierra. Pues ¿qué es la libertad? ¿Qué es ser libre? Cientos de escritores han escrito libros sobre estos temas, muchos famosos y respetables filósofos han opinado y razonado sobre ello, y nunca se ha llegado a conseguir un consenso en el que todo el mundo diera correcto e irrefutable el pensamiento de ninguno de esos cientos de autores.

Pues bien, yo no pretendo dar mi idea de libertad con el fin de convencer a alguien o conseguir cierta admiración. Para mí esa no es la cuestión y, además es un tema que, francamente, ya cansa y aburre a mi persona. La pregunta que yo me hago y ahora traslado a mis lectores es: ¿se puede alcanzar la libertad en este mundo actual, en el que tener diez minutos al día para observar las estrellas (si tienes suerte y vives en una zona en donde aún puedan apreciarse), se ha convertido en un privilegio al alcance de muy pocos, y, lo peor aún, que estos “pocos” no valoran siquiera ese privilegio?

A veces cierro los ojos y me imagino viviendo hace 3000 años con los animales en plena naturaleza, en el mundo salvaje, en el campo, en la montaña, en donde sea, pues en donde sea era ser libre. A veces sueño despierto en ese mundo paralelo en el que simplemente me preocupo de conservar mi vida y satisfacer mis necesidades básicas, como beber agua y comer. No hay problemas de pagos de ningún tipo, no hay hipoteca, no hay facturas de luz, de agua y de teléfono; no hay problemas de trabajo, pues no existe trabajo que cause problemas, no hay problemas familiares…, no hay nada. ¡Bendita nada! Nada soy yo, en la nada estoy yo con el tiempo que se me ha otorgado, tan sólo yo en un estado de naturaleza en el que no tengo ni puñetera idea de nada, pero me da igual, soy feliz y eso me basta. Suena el despertador, suena la rutina diaria, suena mi esclavitud. Despierto en mi cama añorando ese sueño y suspirando por su regreso, mas sé que no volverá, los sueños raras veces se cumplen. Me levanto y me convierto en el héroe o villano que todo ser humano está condenado a ser.

Rousseau (1750) dijo: “Se han corrompido nuestras almas a medida que nuestras ciencias y nuestras artes van evolucionando hacia la perfección”. Me duele reconocer las anteriores palabras, ya que me considero un hombre de ciencias, que las ama y las defiende, pero siendo honesto, Rousseau no se equivoca en lo más mínimo.

Impartiendo una clase de matemáticas, más concretamente de álgebra, una alumna me preguntó una tarde:

  • ¿Pero profe, esto para qué sirve?
  • Alumna, el álgebra está presente en la vida diaria. Está presente cuando compras el pan en la tienda, cuando a tus padres les llegan las facturas, para conseguir agilidad mental y para otras muchísimas cosas. Pero aun no sirviendo de nada, te sirve para aprender y adquirir un nuevo conocimiento, que poco a poco, juntándolos con otros muchos que irás adquiriendo con el tiempo y con la edad, te moldearán y te convertirán en una persona adulta.
  • Pues qué tontería profe. Yo no creo que para ser famosa y salir en el programa de Hombres y Mujeres hagan falta las matemáticas.

Resulta deprimente la sociedad de hoy en día. Estamos en una sociedad en donde cualquier niño puede tener al instante cualquier cosa que necesite. Tienen toda la libertad para decidir y hacer lo que les venga en gana y, aun así, la sociedad ha dejado de ser libre.

La sociedad no es libre. Nadie lo es. Cada persona que vive hoy en día está enganchada a la droga irrefrenable del consumismo. Personas enganchadas al consumismo de información, al del dinero, al del poder, al del egoísmo o al de la propia comparecencia, hacen de esta tierra habitada un nido de cuervos que devoran a sus presas sin tener en cuenta que las presas ya se los tragaron hace tiempo.

Me atormenta la idea de pensar que la sociedad valora más poseer un móvil de última generación que un conocimiento que pueda otorgarle sabiduría. Me desilusiona profundamente saber que un jugador de fútbol gane 10 millones de euros al año por darle patadas a un balón, mientras que un arquitecto o un ingeniero se ven obligados a trabajar en un Burger King, cobrando a 5.50 euros la hora, para poder sobrevivir.

La sociedad se encuentra enclaustrada en un mundo en donde la cultura carece de valor, en donde nuestros pequeños aprenden a escribir por What’s App mejor que realizar una operación aritmética básica sin calculadora, en donde se estudia para escupir las palabras en un folio, que un docente te obliga a poner para conseguir un apto o un aprobado, pero que en verdad, a ese estudiante le da igual el conocimiento, sólo quiere aprobar, y ese acto hace fracasar a la sociedad.

Rousseau sostenía que las costumbres han degenerado en todos los pueblos en la misma proporción en que éstos se han dedicado a las ciencias, ciencias que no han hecho otra cosa que reforzar los vicios y la desigualdad entre los hombres. Rousseau entendía que la sociedad corrompe al ser humano, que, al hacerse sociable, el hombre se ha hecho malo y que en el estado de la naturaleza era libre y le aportaba la gran ventaja de la igualdad moral o política.

Pero la pregunta es obvia, ¿no? ¿El ser humano se vuelve malo por hacerse sociable, o es en ese estado de naturaleza donde la libertad le da el poder supremo para hacer el mal a su libre elección y, al establecer vínculos sociales con sus semejantes, los irradia con esa maldad? Nunca sabremos la respuesta verdadera, tan sólo podremos alcanzar la respuesta que cada individuo posee ante dicha pregunta.

Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja de toda fuerza común a la persona y a los bienes de cada asociado, y por virtud de la cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca sino a sí mismo y queda tan libre como antes. (Rousseau, 1762)

Tal es el problema fundamental, al cual da solución el contrato social.En otras palabras, acepta la voluntad general que tiende siempre al bien y que, por tanto, no puede equivocarse, pues sometiéndonos a ella, así concebida, es posible ceder toda la libertad y los derechos personales a los demás y recibirlos recíprocamente.

El resultado de este pacto es la verdadera soberanía del pueblo, pues éste es quien puede nombrar y destituir a sus gobernantes, garantizando la vida y la felicidad de los individuos.

Una idea totalmente utópica de soberanía del pueblo, pues Rousseau creía que el hombre es bueno por naturaleza y, a pesar de que un contrato social, por muy bien redactado o estructurado que esté, va a ser llevado a cabo por seres humanos, donde cada hombre y mujer forma una pequeña parte de un todo correcto, pero ese todo maravilloso, justo y verdadero no tiene por qué ser del gusto de algunos de esos hombres o mujeres, pues esa persona tiene el privilegio de ser libre y, como tal, puede elegir hacer el mal creyendo ciegamente en que hace el bien, quedando en entredicho que todos los seres humanos pueden vivir en sociedad, pues de forma natural pueden ser antisociales.

Para mí Rousseau representa al hombre soñador e idealista. Podría decirse que incluso un hombre romántico, un adelantado a su tiempo. Un hombre que reivindica el sentimiento frente a la razón pura, la idealización arcádica de la naturaleza y la indagación obstinada en el secreto reducto de la intimidad. Por todo ello, se equivoca al señalar que el hombre nace ya con bondad en el estado natural y que, por tanto, la labor educativa debe llevarse a cabo al margen de la sociedad y de sus instituciones y que no consiste en impulsar normas o dirigir aprendizajes, sino en impulsar el desarrollo de las inclinaciones espontáneas del niño facilitando su contacto con la naturaleza, tal y como refleja en su obra Emilio o De la educación (1762).

Querido amigo, querido Rousseau.

¿Impulsar el desarrollo de las inclinaciones espontáneas del niño? He visto a niños entretenerse tirando piedras a sus compañeros de clase, quemar una habitación con cerillas por aburrimiento o simplemente pegar a otro niño porque sí, porque podían y les apetecía. Todos ellos, actos espontáneos de los niños, no se pueden, o mejor dicho, no se deben facilitar permitiendo su desarrollo al libre albedrío y fomentando su práctica, sino que se deberían ir corrigiendo sus actuaciones en base a unas normas éticas y morales por unas personas cualificadas para ello, con el fin de conseguir que los niños, por ellos mismos, se diesen cuenta cuál es el camino correcto para vivir en armonía; primero, con ellos mismos, y después, con la sociedad que les rodea.

El problema reside en las personas que educamos a esos niños, los padres. Los padres de hoy en día se comportan en muchas ocasiones peores que los niños, convirtiéndose en unos ejemplos a seguir por sus hijos que distan mucho de lo que creo que debería ser un buen padre.

En la actualidad, los padres no quieren ser padres de sus hijos, quieren ser amigos de sus hijos y eso es un error. La labor de un padre no es ser amigo de su hijo, por maravilloso y bonito que parezca; la labor de un padre es proteger y educar a su hijo, aunque ello suponga que tu hijo te odie por ello, ya que, al pasar los años, ese hijo agradecerá que el padre le haya dicho lo que en ese momento tenía que decirle, y no lo que el hijo quería escuchar.

Siempre se ha dicho que hay dos caminos: el camino fácil y el camino correcto. Estamos en una sociedad en donde cada vez más padres optan por el camino fácil, en donde los hijos suspenden hasta el recreo pero, como recompensa, les compran un móvil en Navidad; en donde se les regala una tableta electrónica al primer año de vida para que estén absortos en ver dibujos y, así los papás, puedan estar tranquilos; en donde no existen las comidas familiares, pues los niños están con los móviles y, aún peor, los padres también; en donde un niño ya ha hecho con 13 años todas las cosas que sus padres empezaron a hacer con 20 años. Estamos en una sociedad donde los niños dejan de ser niños a los 6 años, en donde ya no existe la inocencia.

¿Eso es lo que se consigue favoreciendo sus inclinaciones espontáneas? Por supuesto que sí. Un niño siempre optará por el camino fácil, por el camino de la diversión. Son niños, ¡es lo normal! Ahí están los padres para decir hasta aquí, ahora ya no se juega más, tienes que estudiar y aprender. Ahí están los padres para educar, no para animarles a que escojan el camino fácil, para enseñarles que todo en esta vida requiere sacrificio y esfuerzo. Los padres deben respetar a sus hijos educándolos, pero pare ello, deben respetarse a sí mismos, y eso hoy en día, no suele verse en ningún lado.

No existen los niños malos o buenos de nacimiento, sino somos los adultos que estamos a su alrededor, los que les etiquetamos por su comportamiento. Nos convertimos en jueces de nuestros hijos.

Mi hermana Esther era un ángel, una niña que no lloraba ni cuestionaba nunca lo que decían mis padres, era la “buena”. Yo, por el contrario, era un demonio, siempre haciendo trastadas y metiéndome en líos, era el “malo”. Mi hermana era la encantadora niña que todos quieren tener; yo, el bicho que todos los padres temen. Sin darnos cuenta, al intentar educar a nuestros hijos, los etiquetamos continuamente, influenciándolos muy negativamente para el futuro. Y esto, es una forma de actuar, no una forma de ser.

¿Cómo determinar lo que es una buena educación? Y en el caso de conseguirlo, ¿quién sería el encargado de impartirla? Para Rousseau está claro. Tendría que ser un ermitaño ajeno a toda la contaminación de la sociedad, desprovisto de toda propiedad privada, libre en el estado primitivo, habitante solitario en un bosque.

Pero esa persona no podría dotar al alumno de conocimientos básicos para vivir en sociedad, pues él mismo los desconocería. Así, pues, puede que se convirtiera en el ser humano mejor educado de la historia, pero ¿de qué serviría? Absolutamente de nada. Ese individuo vería todos los árboles del bosque, pero lo realmente importante para el ser humano, no son los árboles que puede ver, sino los árboles que no ve y que le permiten sentir y amar, lo que le permite tener la esencia humana. “Un maestro afecta a la eternidad; nunca sabe dónde termina su influencia” (Adams).

Los padres son maestros de vida de sus hijos. Maestros que deben enseñarles que lo más importante de la vida es aprender a dar amor y a dejarlo entrar, pues tal y como dijo una vez un hombre sabio, “el amor es el único acto racional” (Levine).

Cuando despierto cada mañana y veo el dulce rostro de mi mujer, durmiendo sobre mi pecho, el deseo de escapar de esta sociedad, de los problemas de pagos y de responsabilidades, y el anhelo de vivir en la naturaleza sin preocupaciones de ningún tipo; todo eso, se disipa, se evapora en un abrir y cerrar de ojos. Sólo me encuentro yo, feliz de tener a esa persona a mi lado y esa felicidad es mi libertad.

Pienso que la libertad de una sociedad no se consigue haciendo libre al conjunto de individuos que la componen mediante un contrato o un acuerdo social, sino haciendo libre a cada individuo mediante el respeto y el amor hacia uno mismo y hacia su semejante.

De esa manera, cada individuo establecerá un acuerdo consigo mismo, con el objetivo de escoger el camino correcto para alcanzar su propio estado de felicidad, y ese estado de alegría y armonía individual, trasladarlo a sus semejantes, de manera que todas las personas que les rodean puedan beneficiarse y aprender otorgando al resto de la humanidad la paz y la felicidad eterna.

Claro que todo esto es algo idílico, algo que escribo sin esperanzas ni anhelos de que pueda cumplirse ya que el ser humano es un ser extraordinario, capaz de hacer grandes proezas, pero también, grandes catástrofes. Y en una sociedad tan egoísta como la actual, en donde los que más tienen, más quieren, y los que no tienen, son desdichados por no saber valorar lo que tienen, sería imposible pensar, que una persona capaz de vivir en un estado permanente de felicidad, pueda enseñar y compartirlo con sus hermanos.

Rousseau tenía razón en decir que la ciencia ha desarrollado los vicios y las desigualdades entre la gente, provocando una guerra sin cuartel entre dos bandos: el egoísmo, la envidia y la codicia; frente a la amistad, el honor y el amor. Una guerra que, de seguir así, acabará destruyendo sin contemplaciones todo lo que conocemos y amamos, pues el destino hace sucumbir a muchas especies; mas sólo es el hombre quien se pone en peligro a sí mismo.

Referencias

Albom, M. (2010). Martescon mi viejo profesor.Madrid:Embolsillo.

Fernandez, P., (2017). Niños malos o niños buenos de nacimiento, ¿es posible? Guiainfantil.com. España. Recuperado de https://www.guiainfantil.com/articulos/educacion/conducta/ninos-malos-o-ninos-buenos-de-nacimiento-es-posible/.

Martín, A. (Ed). (2002). Filosofía. Madrid, España: Santillana Educación, S. L.

Rey, Mº. L., Cuesta, B., Boga, R., Santoro, J. (Ed). (2008). Historia de la filosofía. Madrid, España: Bruño.

Rousseau, J.(1750). Discurso sobre las ciencias y las artes.

Rousseau, J. (1923). Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Madrid: Calpe.

Rousseau, J. (1762). El contrato social.

Ruiza, M., Fernandez, T. y Tamaro, E. (2004). Biografia de Jean-Jacques Rousseau. En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea. Barcelona (España). Recuperado de https://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rousseau_jeanjacques.htm.

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