
Nadir
Me abruman estos amaneceres.
Mis insomnios se recrean cada vez más.
Mis noches tienen prisa por atardecer.
Este sentimiento de soledad
me cala hasta los huesos.
Ahogándome.
Arrebatándome el más mínimo aliento
de esperanza.
¿Y qué puedo hacer
si me gustan con curvas
y con problemas?
Frágil.
Rota por dentro.
Como un reflejo de la mismísima Roma.
Intensa.
Como unos versos de Benedetti.
Misteriosa
y un tanto erótica.
Como la primera canción de un concierto.
Y que no haya en el mundo
mejor pornografía
que su sonrisa.
Estoy cansado del tránsito
de pasajeras por mi cama.
Añoro el de los aeropuertos
y a todos esos locos
que rompen sus pasajes
mientras de rodillas
juran amor eterno.
Y qué le voy a hacer
si no aguanto más resacas de besos.
Cuerpos que se marchan
sin decir adiós.
Sin dejar más pista
que la de estos versos.
Todos esos “te llamaré”
que se acabaron conjugando en pretérito
por imperativo.
Quizás
es lo que tenga
ser un hombre solitario
que nunca quiso aprender
a estar solo.