Pablo Tornel
En los países del sur de Europa y en Latinoamérica han proliferado y proliferan los cantautores. Esta raza de músicos y cantantes han caminado largos senderos con su instrumento al hombro, para algunos una flor y para otros un arma, con la intención de emocionar, plasmar la vida, hacer política y analizar los males de la sociedad en la que vivimos.
Una de las figuras que mejor personifica esta manera de vivir y hacer música es Atahualpa Yupanqui. Considerado uno de los artistas folclóricos más importantes de Argentina, y del mundo en general, es el mejor ejemplo de lo que un cantautor es.
Políticamente comprometido, libre y solitario, sus letras son capaces de llenarte el corazón y de vaciártelo, de hacerte amar tu tierra y odiar el mundo en el que vives, de valorar tu soledad y de maldecirla. Todo lo que puede llegar a sentir un ser humano a lo largo de su vida está en sus letras. Y estas, acompañadas de un gran virtuosismo con la guitarra, cambian el paisaje interno de cualquiera que las escuche, destruyéndolo o acentuándolo, pero siempre llegando a una profundidad a la que muy pocos artistas han conseguido llegar, y menos haciendo solo uso de una voz y una guitarra.
El argentino de padres de origen vasco también influenció a decenas y decenas de otros cantautores, como, por ejemplo, Víctor Jara, Facundo Cabral, Jorge Cafrune, Chicho Sánchez Ferlosio, Violeta Parra y Chavela Vargas. Grandes artistas, durante años, han versionado sus composiciones.
“Venir de lejos para narrar” (lo que significa Atahualpa Yupanqui en quechua) era su única intención. Ni las numerosas dictaduras fascistas que vivió en Argentina, ni sus consecuentes torturas en las que casi pierde la mano, ni los intentos de asesinato impidieron que con su guitarra al hombro y sus poderosas letras viniese de lejos para narrarnos, ayudarnos e incluso salvarnos.