Pablo Tornel
Es imposible que un pintor solo se inspire de la pintura, un cineasta solo del cine y un escritor solo de la literatura. En la mente de un creador confluyen referencias, inspiraciones y epifanías no solo del arte, sino también de la ciudad, la naturaleza y la vida misma.
Sin embargo, el artista debe saber traducir de un medio al otro. Cada disciplina tiene sus reglas y convenciones. Que deban ser seguidas depende de cada uno. En Krapp´s Last Tape (1972) desde luego debieron ser seguidas.
Esta adaptación cinematográfica para la BBC contaba con el actor original, el director de teatro original (en la función de director de cine) y el texto original de Samuel Beckett y, pese a esto, no funciona como debería.
La obra de teatro gira en torno a un anciano llamado Krapp (Patrick Magee), el cual durante toda su vida ha ido grabando su diario personal en cintas. Fortuitamente se topa con una de su juventud, y decide escucharla. Asqueado por su yo del pasado decide grabar por encima.
Samuel Beckett escribió este texto pensando única y exclusivamente en que lo interpretara Patrick Magee. El escritor escuchó en la radio como el actor norirlandés, a partir de unos escritos autobiográficos, relataba con su voz quebrada las desdichas, penas y tristezas de su vida. Esta fue la inspiración principal de Samuel Beckett a la hora de escribir este genial monólogo de un acto que es “Krapp´s Last Tape”.
El autor experto en la tragicomedia y el teatro del absurdo crea una obra fascinante, en el cual se manifiesta su visión pesimista de la vida creando un personaje en crisis, desbordado por la angustia vital de su yo presente y los errores causados por la miseria moral de su yo pasado.
En el teatro esta obra es capital. No obstante, la adaptación televisiva de Donald McWhinnie no es ni la mitad de fascinante. Pese a los aciertos parciales que puede tener, como, por ejemplo, el decorado que recuerda expresionismo alemán y que produce ilusiones ópticas curiosas, el director no supo trasladar esta obra el medio cinematográfico.
Tanto el trabajo con la cámara como el montaje entorpecen el desarrollo del monólogo, intentando ser fiel a la interpretación teatral. En lugar de generar un diálogo equilibrado entre el medio teatral y el cinematográfico parece crear una discusión. La cámara torpedea la interpretación escénica de Patrick Magee, y la actuación condiciona a la cámara.
Ni el genial texto de Samuel Beckett ni la gran interpretación de Patrick Magee se pierden en una traducción inexacta y equívoca. Se dejan entrever en algunos momentos, pero como un flash desaparecen al instante.