Pablo Tornel
Como cualquier persona puedo llegar a pecar de prejuicioso y de tener una mente cerrada respecto a algo. Para algunos es un género de música, para otros un alimento, y para mí es el anime.
La Real Academia Española define la palabra prejuicio como una opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal. Describe a la perfección mi relación con la animación japonesa. Es un sentimiento irracional e incontrolable.
La animación japonesa no es que no me llame la atención, es que llega al extremo de la animadversión. Cuando intenté ver la película de anime Akira (1988) no tuve más remedio que quitarla a los 20 minutos, pese a que la película me estaba gustando. No fue algo voluntario, sino necesario. No podía más. No compraba nada de lo que estaba ocurriendo debido a la manera de animar de los japoneses. Es la única vez que he intentado ver anime sin éxito alguno.
Ataque a los Titanes (2013) es una serie de animación japonesa que se desarrolla en un mundo al borde de la extinción humana debido a la proliferación de gigantes antropófagos cuyo único objetivo es devorar humanos y destruir sus ciudades. La serie sigue a Eren Jaeger, un adolescente que junto a sus amigos de la infancia decide unirse al ejército para luchar contra dichos gigantes y vengar así la muerte de su madre. Debido al fenómeno que está generando esta serie y a las numerosas y reiteradas recomendaciones que he recibido he visto un capítulo.
Pese a que he visionado la totalidad del capítulo mis problemas persisten. Supongo que es algo irremediable. Es una verdadera pena pues el capítulo me ha gustado. Es un paquete de entretenimiento lleno de acción, sangre y tragedia, con capítulos cortos y un ritmo ágil y rápido. No se me hace extraño el que se haya convertido en un éxito comercial. Uno del que por culpa del prejuicio no puedo disfrutar. Es frustrante luchar contra algo que no puedes controlar, algo que no depende de ti.