Pablo Tornel
El compositor de música clásica Ferrucio Busoni advirtió de la popularización de la música electrónica en su obra “Esbozo de una Nueva Estética de la Música” (1907). En esta habla de cómo en la música del futuro (nuestro presente) iban a predominar las fuentes electrónicas. Este no se equivocaba. Hoy en día la música electrónica se ha ido desarrollando en distintos subgéneros e influenciando a otros tantos, como, por ejemplo, el pop.
Según las fuentes que se consulten esta manera de hacer música tiene distintos orígenes. La Música Concreta surgida en París de la mano de Pierre Schaeffer y la música creada a partir de computadoras en la Facultad de Física de la Universidad de Colonia en Alemania son los comienzos más aceptados. Los instrumentos clásicos que se utilizaron durante siglos no encontraron cabida en estas dos corrientes musicales, siendo preferidos los sonidos ambientales, los teclados y los ordenadores.
Algo en lo que todas las fuentes están de acuerdo es en la importancia de la música electrónica producida en Estados Unidos. Una de sus corrientes más relevantes fue el Detroit Techno, en los años 80, que dio origen al género homónimo que todo el mundo conoce y ha escuchado alguna vez. Este primer techno estaba basado en sonidos futuristas, en tebeos y novelas de ciencia ficción, así como en el funk y en la situación decadente que estaba viviendo la ciudad de Detroit. Los pioneros de este género fueron los Belleville Three. Estos crearon un discurso afro-futurista que acercaba la música electrónica a los segmentos de la sociedad más desfavorecidos. Fue el principio de un techno social.
Esta vena electrónica reivindicativa la llevaron al máximo Underground Resistance, un colectivo de músicos anónimos que rechazaban cualquier vía comercial de componer música, y luchaban a favor de los derechos afroamericanos en Estados Unidos. Estos militantes vestían con una estética que recordaba a los Black Panthers, hacían música usando pseudónimos y criticaban las medidas políticas y económicas que produjeron una crisis en la ciudad más poblada de Míchigan.
En su manifiesto, hablaban de Underground Resistance no como un grupo de música, sino como un movimiento en favor de la “revolución sónica”. En este defendían que la mayor parte de la población mundial consumía productos visuales y sonoros mediocres producidos por grandes empresas e industrias con la intención de estancar sus mentes. Un muro que querían derribar a golpe de cajas de ritmos y samples.
Abandonando los sonidos futuristas abogaron por unos más apocalípticos, cyberpunks y propios del jazz y el blues. Como estos dos géneros, querían que el techno de Detroit fuese considerado música afroamericana. Su objetivo era que su música llegara a los afroamericanos marginados, de escasos medios y precariedad económica. Pretendían que estos se identificaran con las canciones de Underground Resistance, que fuesen parte de su identidad.
El colectivo ha sufrido la marcha de miembros de gran importancia, conflictos con la discográfica Sony y diversos cambios políticos negativos para los miembros del grupo. Sin embargo, siguen luchando desde el anonimato por una sociedad más justa y por el futuro de un mundo que cada vez es más conformista y menos crítico con la música que escucha. Mientras el mundo no cambie, ellos no cambiarán.