Miquiña mía: Cartas a Emilia

Marina Egea Barquero

Un siglo después, la historia de pasión entre Benito Pérez Galdós y Emilia
Pardo Bazán vuelve a la luz.

Hace exactamente ciento treinta y dos años, ni Benito Pérez Galdós ni Emilia
Pardo Bazán pensaron que esa historia de amor que en la que se encontraban
envueltos iba a ser portada pasado más de un siglo. Lo cierto es que no solo se
ha hablado de esta pareja recientemente por la noticia de que las cartas que
escribía Galdós a su amada no hubieran sido quemadas como se creía, sino que
se ha hecho en multitud de ocasiones y con distintas perspectivas de vista, casi
siempre errando.
Ricardo Gullón, el reputado novelista y crítico literario reconocido con el Premio Príncipe
de Asturias, fue uno de tantos de los que aseguró que las misivas habían sido quemadas
por la mujer del Generalísimo, Carmen Polo, en su llegada al Pazo de Meirás tras la
donación de la propiedad que hizo el pueblo de Sada a Franco.
También Eva Acosta, experta en la biografía de Pardo Bazán, aseguró en su momento
que las cartas habían sido destruidas en un “acto de fe” de la esposa de Franco.
Carmen Polo y el mito
«Junio de 1938. Un coche negro avanza por el camino que lleva al pazo de Meirás. Dos
de sus ocupantes son militares de uniforme: un cabo y un capitán. Detrás va la Señora
(Carmen Polo, esposa de Franco), que pronto será la dueña y ha querido hacer una
visita privada a su nueva posesión lejos del protocolo. Junto a ella, un clérigo con las
manos cruzadas…». Así empieza una de las biografías de Emilia Pardo Bazán por la
historiadora Eva Acosta.
Cartas, muchas cartas, remitidas algunas por gente que la Señora no conoce, otras por
nombres como Benito Pérez Galdós, Marcelino Menéndez Pelayo, José Lázaro
Galdiano, Francisco Giner de los Ríos, Vicente Blasco Ibáñez, Leopoldo Alas,…
Paquetes de hojas tituladas Diario, Diario de viaje… Sin alterar el rostro comienza a leer;
seleccionar una frase aquí, otra allá, con la misma atención calculadora que antes dirigió
a los muebles. (…) De pronto restalla como un latigazo la voz seca de la Señora, que se
ha levantado, un poco pálida y, poniéndose los guantes, camina ya hacia la puerta:
-García, quema los papeles que hay en los cajones. Todos».
Es así como la historiadora cuenta el supuesto episodio en el que la esposa del Caudillo
manda a quemar todas las cartas y pertenencias de la escritora. Episodio que hoy se
desmiente y, de ser cierto, el tal García procuró de esconder bien esos papeles que se
le ordenó quemar.
Sin embargo, la estupefacción que experimentó en su cuerpo Carmen Polo al leer
algunos de los fragmentos de las cartas de los dos amantes también la ha vivido
recientemente Guillermo Blázquez, un librero histórico en Madrid y en la Cuesta de
Moyano, además de miembro de la junta directiva de la asociación Soy de la Cuesta.
Según Lara Sánchez, presidenta de la asociación, una familia de coleccionistas amiga
del librero tiene en su posesión casi un centenar de cartas “picantonas” que el ilustre
escritor mandaba a la condesa. Pese a su valor en el mercado y la cantidad de
compradores que han estado interesados estos días, la familia se niega a vender las
cartas, ha asegurado Blázquez –interesado en la compra de las mismas y a la vez
reticente a desvelar el nombre de los propietarios –.
La razón de esta privación de los textos al dominio púbico, según Lara Sánchez, es el
alto contenido erótico que podría desprestigiar la imagen de Galdós.
Duque de mujeres
A pesar de esta protección de la imagen y recuerdo de la figura del escritor, fue él mismo
quien que se encargó de atribuirse títulos de duque de mujeres y conde del vicio carnal.
Su mística devoción por las señoritas le llevó a instalarse en Madrid a estudiar Derecho
para, según sus familiares, alejarlo de su prima cubana Sisita.
Después de su prima vinieron otras tantas mujeres. Algunas pasaron de puntillas por su
cama y se fundieron en el olvido con el alba, otras calaron el alma del escritor. Lorenza
Cobián, Conchita-Ruth Morell o Teodosdia Gandarias fueron algunas de este segundo
grupo, las más sonadas y recordadas en Memorias de un Desmemoriado, su biografía
escrita en sus últimos instantes, cuando es escritor ya estaba completamente ciego y
en la ruina, como todos los intelectuales españoles del siglo.
Su afabilidad, la fama y el atractivo físico de Don Juan del siglo XIX fueron sus mayores
méritos para meterse en la cama de cualquiera, asegura Miguel Herrera. Sin embargo,
“el verdadero Don Juan no es el hombre que hace el amor a las mujeres, sino al que las
mujeres hacen el amor”, afirmó Ortega y Gasset. Y esto era precisamente lo que a
Galdós le sucedía. En aquella sociedad machista del siglo XIX, Benito Pérez no era el
hombre que fascinaba por donde pasaba, embaucador y seductor, que utiliza a la mujer
y la abandona. Aunque su criado Victoriano Moreno aseguró que era un “faldero” y que
podía llegar a tener doce hijos naturales, su forma de cortejo era más personal e
intelectual que lasciva y carnal. Así, la mujer de pasiones desbordantes tanto en la vida
como con la pluma, la Condesa Pardo Bazán, más tarde Condesa de la Torre Cela, se
embaucó en una aventura con el escritor, que le despertó el instinto y la mente a partes
iguales.
Condesa de libertades
Al igual que al escritor canario, a Emilia Pardo Bazán tampoco le faltó fama de haber
escrito otros nombres en su cama. Se casó a los 17 años con Jaime Quiroga y, a pesar
de que tuvo hijos y varios años al lado de ese hombre, no sintió la felicidad plena a su
lado.
Aunque el establishment de su tiempo la repudiaba por su increíble manejo de la pluma,
varios fueron los amantes que tuvo durante su matrimonio, antes de este y también una
vez acabado. Nombres como Blasco Ibáñez, que la acusó de robarle una idea para una
novela o Lázaro Galdiano, quien se acabó arropado en sus sábanas en el 88, tras cerrar
la Exposición Universal.
Mucho tuvo que ver su padre en esta actitud poco convencional para los tiempos que
corrían cuando le decía: “Mira, hija mía, los hombres somos muy egoístas, y si te dicen
alguna vez que hay cosas que los hombres pueden hacer y las mujeres no, di que es
mentira porque no puede haber dos morales para dos sexos”.
Su formación era notablemente superior a la de los demás hombres ilustrados de la
época, de ahí la antipatía que despertaba. “soy un alma de varonil latir”, afirmaba ella
misma.
El ambiente aristocrático en el que creció no le sirvió para acentuar la imagen de “mujer
de tal” con la que el resto de mujeres de su clase soñaban desde pequeñas. Pasaba
largas tardes fumando en Madrid, cuenta Carlos Mayoral. No porque le gustara, sino por
pura rebeldía. Porque había venido a provocar.
El tabaco era el vicio del que solo podían disfrutar los hombres y ella había llegado a
romper con cualquier norma que se le cruzase, fruto de las otras culturas que había
aprendido en sus distintitos viajes por Europa.
Del fuego de aquellos rebeldes cigarros, haría arder el panorama intelectual de la
España convulsa de finales del siglo XIX: pasó a llevar la voz cantante en cada tertulia,
con cada uno de los libros que publicaba conseguía más reconocimiento y su vida
pública se incrementaba a un ritmo vertiginoso.
Pero también sufrió los tapujos del machismo. Le negaron entrar a la Academia Galega
por ser mujer. También en la Real Academia Española. Tampoco optó por el silencio
esta vez: “ya conseguiremos que una mujer se siente por méritos propios”, contestó la
escritora cuando se le ofreció una silla pro lo que ahora llamamos ‘enchufismo’.
Este solo fue un episodio más de su lucha por los derechos de las mujeres. Una de
tantas pioneras en el feminismo. En 1892 quiso crear la Biblioteca de la Mujer para
divulgar los derechos de las féminas. En 1890 fundó la revista Nuevo Teatro Crítico. Su
lema de vida fue ‘de bellum luce’, la luz en la batalla. Una batalla en la que no se
encontraba solo el feminismo radical al que se sumó en sus últimos años, como afirma
Caballero Audaz. También se encontraba su lucha por defender su libertad individual
frente a los muros de una sociedad cerrada y opresiva. Batalla que sigue latente años
después de su muerte.
Todo un maremágnum de contrastes. Conservadora y feminista; de pensamiento
progresista y fe católica; la política liberal y el carlismo. Reflejo idóneo del convulso siglo
XIX.
La historia de amor
Todo comenzó con una amistad inquebrantable, aprueba de todas las críticas que la
condesa recibía por ir en contra de los vientos de la época. Un mundo entero parecía
separarlos. Un mundo, obviamente, machista de palabras malsonantes y desprecios
precedidos por el miedo a una mujer que podía ponerlos a todos a prueba, tanto en su
éxito como literata como en su vida social.
“Padece la comezón de meterse en todo, de entender de todo y de fallar de todo”, decía
con tono burlón José María de Pereda. Baroja fue más cínico todavía y se refirió a ella
como “una obesidad desagradable”. Incluso Clarín llegó a desearle la muerte y
proclamar fiesta nacional cuando esto sucediera.
Las malas palabras no frenaron la pasión que los unió y de la que hoy habla todo el
mundo. Mientras sus colegas de oficio veían en la condesa lo que Baroja definió como
una mujer “ansiosa y trepadora”, Galdós la miraba con admiración y respeto. Así, la
pasión comenzó en lo intelectual. Un cerebro ambicioso, literario, desafiante y en
constante ebullición fue lo que edificó el sexo. De todos es sabido que se desea más lo
que se sabe pedir. Quizá fue lo que ocurrió entre ellos.
Sin embargo, en las cartas que habían visto la luz en 2013 con la publicación del libro
‘Miquiño Mío. Cartas a Galdós’ de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández, no se
reflejaba esa relación apasionada de la que hoy nos hablan. En palabras de Marilar
Aleixandre, de los escritos de Galdós apenas se conservaba una casta de 1883. Por lo
contrario, Emilia usaba un tono mucho más directo. En la casa museo del escritor en
Gran Canaria ya se conservaban 92 epístolas escritas por su amada.
En estas cartas, se podía apreciar la evolución de su relación durante los treinta años
de intercambio epistolar. Desde el “adorado maestro” hasta el “miquiño”, “monín” o
“ratoncito”, pasando por el “amigo querido” y otros tantos apreciativos que fuero in
crescendo.
Corría el año 1888 y durante los dos años que le precedieron, lo único que les separó
fueron ocho años, un matrimonio y algunos kilómetros de vez en cuando. Otras veces,
apenas unos centímetros de aliento durante escuetos segundos. Benito, de treinta y
siete años en aquel entonces, acababa de publicar su gran obra Fortunata y Jacinta.
Emilia, por otro lado, ya había publicado algunas de sus tantas obras, como Los pazos
de Ulloa.
Sus carreras en continuo éxito y sus deseos en erupción volcánica. Esto es lo que nos
muestran sus mensajes. Aunque solo conocemos las palabras del librero, que asegura
que el escritor deseaba volver a ver su querida para “comerle los pechos”, ya nos
podíamos hacer una idea con las cartas que sí conocíamos, y que Emilia dirigía a su
Benito.
En sus cartas, la escritora naturalista confesaba sus sentimientos y deseos: “Rabio
también por echarte encima la vista y los brazos y el cuerpote todo. Te aplastaré.
Después hablaremos dulcemente de literatura y de la Academia y de tonterías, ¡pero
antes morderé tu carrillito”.
Siembre fue clara y directa: “Te daré lo que creas necesitar de mí… y a cambio no
exigiré nada. ¿Conviene el trato?”. A veces romántica también: “Espero que se repitan
aquellas escenas deliciosas. No hemos hecho más que arrimar la manzana a los
dientes, ésta es la verdad, no hemos agotado, ni siquiera bebido a boca llena el dulce
licorcito que nos podemos escanciar el uno al otro. Y cuento con que lograremos el bis
que tiene toda canción bonita. Calma y demos al tiempo lo suyo”, le decía a Benito Pérez
Galdós en octubre de 1889.
Según un suplemento del ABC, por las cartas se ha podido saber que el nicho de amor
se encontraba en Madrid, en la calle de la Palma junto a la Iglesia de las Maravillas.
Mientras tanto, el escritor canario no dejó de tener amoríos que la condesa fue
perdonando. Su amor estaba por encima del deseo, se había forjado en la unión
intelectual, en la libertad. Sin embargo, el principio del ocaso de esta relación empezó
con la deslealtad por parte de Emilia con Galdiano. Poco después, culminó con el hijo
que le dio Lorenza, una de tantas amantes, a Galdós.
Sin embargo, en aquellos días de pasión desmedida en donde se juraron amor eterno,
ni Benito Pérez Galdós ni Emilia Pardo Bazán pensaron que esa historia de amor que
en la que se encontraban envueltos iba a ser portada pasado más de un siglo.

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