Mónica Miranda García
Cuando escucho hablar sobre este 2020, me siento un poco como cuando lees una
reseña negativa sobre una novela que te encantó, pero que parece que al resto no tanto.
Ahora que se acerca (y casi se implora) su final, me gusta hacer un repaso de los
acontecimientos vividos. A primera impresión debo declarar lo que todos opinan: ha
sido un año horrible. Sin embargo, me gusta pensar que dentro de todo este negror ha
habido momentos que han merecido la pena y que no sabemos apreciar. Porque, que
te hagan cambiar el rumbo de tu habitual vida no implica que sea a peor. Puede que tal
vez te haya proporcionado algo que no buscabas (algo bueno me refiero) o que, en
cambio, no ha sido tan agradable pero que te ha dado una lección.
Si me pongo a analizar mi año, obviamente cuento más cosas malas que buenas. No
obstante, no me ha parecido el peor. Alguien me dijo una vez que si tienes al menos
cinco motivos para decir que algo que hace feliz, ese algo merece la pena. Por eso,
cuando hablo con conocidos y amigos les pido que en este repaso se enfoquen primero
en lo mejor, que lo desagradable fluye solo. Que hagan por recordar lo que les ha hecho
sonreír aunque fuera unos instantes.
Yo este año he perdido mucho, incluso a personas (física o sentimentalmente), que se
llevaron buena parte de mis lágrimas pero que me dejaron a cambio grandes
enseñanzas.
Pero, si hay algo que he aprendido, es que la vida te puede cambiar en apenas unos
segundos. Que lo peor puede aparecerse a la vuelta de la esquina. Que tenemos que
disfrutar y apreciar lo que tenemos. Tenemos que amarlo. Y que hay que apartarse de
lo que no vibra con buena energía. Ser quién eres y serlo con quien estás.
Por eso, esforcémonos en mirar el lado positivo. En valorar a los que tenemos, en
disfrutar de una charla con tu madre, una sobremesa con tu abuelo, unas risas con tus
amigos. Apreciemos todo eso que devaluamos pero que solemos anhelar cuando ya es
demasiado tarde