Eulalia del Pozo López
La vida pasa, y mis años con ella.
A veces cuando era más pequeña tendía a entender que mis años de júbilo serían
eternos, que podría beber de la juventud toda la vida, que nunca me cesarían las ganas de
hacer esto o hacer lo otro. Que siempre oiría las mismas cuatro pisadas en casa y que el ruido
inundaría cada hueco de esta habitación. Hasta que, finalmente, me he dado cuenta de que la
vida pasa y mis años con ella, que crezco yo y crecen mis allegados, y los días, como
suspiros, pasan como de costumbre.
De repente me he visto sola en casa, he visto como el silencio de un dúplex donde
reinaba el ruido, ahora pasaba a dejar paso a un silencio quebrante capaz de llegar a mis
entrañas. A veces siento que me come, y no solo a mí, también a ella.
Los años nos pasan a todos y no hay peor suplicio que ver cuatro almas descontentas
y separadas. De repente estaba con mi familia comiendo cada día, a estar comiendo
simplemente con la compañía de mi madre, y en ocasiones, conmigo misma. El eterno círculo
de nunca apreciar lo que tenemos, hasta que pasa el tiempo y nos damos cuenta de que,
absolutamente todo, estaba dado por hecho.
A veces aquellas salidas los miércoles a Murcia teñían esta sensación de vacío de un
alegre gris que era capaz de borrar todos mis pensamientos.
Ahora que, no tengo nada, salvo el peso de mi futuro por delante, me doy cuenta de
que la vida es una incertidumbre continua y, o decides subirte a la noria y aprovechar cada
anhelo o te quedarás estancado en un mismo punto y nunca llegarás a comprender la valía de
tus años.