Nunca seré Joaquín Sabina

Esteban García Bernal

(Ilustración de Diego Jordan para la cubierta de Ciento volando de catorce)

«Pues claro que no, imbécil» responderéis algunos, agitados tras el reflejo azul de la pantalla. Es muy fácil insultarle a uno por tener aspiraciones imposibles, por soñar, que es bailar con los pies.

Pero, pese a que muchos amigos me han avisado que es altamente poco recomendable, me sigo rindiendo ante lo imposible, y es que quiero ser Joaquín Sabina. Pero no lo digo por las drogas, la fama, las putas o, incluso, fíjate lo que te digo, la voz. Lo que pasa es que a mis veintidós años (no sigáis jodiendo con los patitos) siento que, al igual que muchos de mis coetáneos, nunca he sido libre.


Ahora que el mundo se resume en una red, no me tropiezo con miradas cruzadas en el tranvía ni con chicas de  medias negras —he escuchado por ahí que esto realmente pasaba—, solo alcanzo a sufrir por el acelerado ritmo al que desciende la poca batería que aún me queda en el móvil mientras vuelvo desesperadamente a casa para cargarlo de nuevo. Y resulta que a veces llego donde mis amigos para decirles «A que no saben ustedes lo que dijo la muy pu…» y ya lo saben. Tampoco quedan ya bares para usar de oficina porque no dejan entrar con ideas propias. Encima, cuando atravieso tranquilamente mi callejón oscuro favorito, tengo que aguantar que los atracadores de navaja fácil —los de toda la vida— ya no me pregunten por el peluco porque el iPhone da mejor la hora. Yo digo que ya basta de esta utopía de Brassens, traigan de nuevo un poco de aquel pensar con la cabeza y andar con los pies —como hacían mis abuelos—, quiero dejar de hacerlo todo con dos dedos.

Creo, tengo la certeza más bien, que en este país de pines y chapas nunca lograré ser tan Sabina como lo fue Joaquín —al mismo tiempo, sólo aquí es posible—. Aunque, siendo sincero, podría seguir intentándolo si sigo el consejo que una vez me dio un galante argento en la barra de un bar.

—Que veinte años no es nada, chico— dijo sin apenas despegar los labios o la mirada de su ginebra.

—Entonces, Carlos, ¿volver no tiene sentido?

Acabó su bebida de un trago y se fue de la barra, no sin antes asentir con un corto pero elegante toque de sombrero. Y yo, amigo lector, decidido y con media sonrisa, como el argento, me voy a ir yendo.

“Cuando era más joven, viajé en sucios trenes que iban hacia el norte”

Cuando era más joven, Joaquín Sabina»

Deja un comentario