Ayer llegó el otoño
el sol de otoño
y me sentí feliz
como hace mucho
qué linda estás
te quiero.
(A la izquierda del roble, Mario Benedetti)
Esteban García Bernal

Ya llegaron el calor y los sudores, y con ellos, el mal de amor y el sol de los cojones. En
estas, en una sofocante noche de mayo sin Dios ni dueño, caí en la cuenta de lo triste
que es querer por fascículos y estaciones.
El amor —palabra espinosa de veneno versátil— es, amigos, fatalmente estacional.
Arranca, avanza, se detiene o muere inútilmente dependiendo de las estaciones, a través,
o mediante ellas. Si no, ¿por qué existe el párvulo amor de verano, el flechazo nuevo de
septiembre o el reencuentro navideño inesperado? Afirma la Melancholy Street
University que sólo unos pocos desafortunados logran entenderlo porque That´s what
love is, he who drank of it knows it (para mis compadres los no anglosajonísimos: “Esto
es amor, quien lo probó lo sabe”).
Díganme ustedes que nunca se han encontrado de frente con la curiosidad de saber
cómo se comportará esa nueva incógnita recién llegada a sus vidas durante, por
ejemplo, el otoño; si harán juego sus ojos con el nuevo tinte de las hojas, si sus jerséis
se enredan en tus uñas, si su pelo lucha contra la humedad o duerme con ella… Quizá
jamás pensaron en tirantes, finos bañadores o reflejos de un sol que se funde entre la
delgadez de los besos salados de agosto. Aquí —seguro— nadie ha caído en el ensueño
de un revoloteo amoroso que se escabulle bajo la complicidad de una manta o en el
hondo brillo reflectante del regalo perfecto a los pies las luces tintineantes de un abeto.
Al carajo si niegan la prominente alteración de la sangre con los primeros pólenes de la
primavera. Pero, por supuesto, el amor no es estacional.
La curiosidad —motor y verdugo— lo sumerge a uno en un estado continuo de
aprendizaje del que, por supuesto, no quiere salir. Ésta bien podría ser la magia a la que
todos a menudo se encomiendan y a la que yo recomiendo rezar muy poco. Si tras pasar
las cuatro estaciones el enredo resulta desembocar en agrado y más curiosidad, es difícil
no querer pasar de nuevo por cada una de ellas con esa persona. Volverá el otoño,
volverá el invierno, volverá la primavera, volverá el verano… Pero, después, ¿qué
queda? Queda, en efecto, lo más importante.
Cuando desaparece la curiosidad estacional, se enseñan las cartas y el croupier —hay
quien afirma haberlo visto barbilampiño, rechoncho y con cierto aire infantil— pregunta
“¿Quién va?”. Es momento de elegir. Sólo resuelve a quedarse quien entiende que su
amor va más allá de ciclos, colores y solsticios; el resto huye a buscar otro verano que
les deje con ganas de otoño. Después, sólo existe un tercer grupo, el de los hombres y
mujeres grises. Pertenecer a esa sociedad anónima significa permanecer varado en la
eterna repetición de cuatro estaciones que, al final, se aglomeran en una sola —pesada e
indigerible—. Porque a veces es macabramente fácil quedarse flotando sobre el
continuo devenir de los años.
Qué triste es cuando —dijo el maestro—, al punto final de los finales, no le siguen dos
puntos suspensivos