R.G. June
−El sábado que volvimos a las calles−
Ni siquiera hizo falta asomarse a la ventana para comprobar el éxito de la convocatoria. En ese gesto ya rutinario de mirar el móvil al despertar, las redes sociales mostraban las instantáneas de los más madrugadores: zapatillas sobre el asfalto, cronómetros a cero, y cielo, mucho cielo. Y árboles, y flores, y el mar. Fue una respuesta instintiva y colectiva. Más allá de la libertad de movimiento, nos hacía falta la belleza.
John Ruskin (Londres, 1819 − Brantwood, 1900) fue uno de los pensadores más influyentes de la sociedad victoriana. Mentor de J.M.W. Turner y los prerrafaelitas, ejerció al mismo nivel su papel como crítico de arte que como historiador o naturalista. Su prosa delicada, minuciosa y violentamente bella, pudiera parecer que ensalza todo aquello que describe. Mas no es cierto. Sus descripciones no añaden decoro alguno a lo existente, sino que revelan con detalle la naturaleza propia de las cosas. La primera cualidad de Ruskin no es la narración, sino la observación.
A lo largo de su vida, Ruskin visitó Venecia en once ocasiones. Dedicó meses de trabajo a analizar y dibujar los capiteles de las columnas del Palacio Ducal, a estudiar los elementos naturales que inspiraron el trabajo de los artesanos medievales. El mito veneciano como hoy lo conocemos, debe gran parte de su éxito al trabajo que Ruskin desarrolló en el siglo XIX.
«You were made for enjoyment and the world is filled with things you would enjoy unless you are too proud to be pleased by them or too grasping to care…»
En el invierno de 1850 escribe a sus lectores:
Fuiste creado para disfrutar y el mundo está lleno de cosas que disfrutar salvo que seas demasiado orgulloso para ser complacido por ellas o demasiado avaro para preocuparte de aquello de lo que no puedes obtener más provecho que el mero placer de la observación. Recuerda que las cosas más bellas de la vida son a menudo las de menos utilidad: los pavos reales y los lirios, por ejemplo.
El autor hace así un llamamiento del derecho a la belleza. Del derecho a disfrutar de la sensualidad que nos ofrece la vista. Hay belleza en lo cotidiano, pequeños oasis de hermosura en los que descansar los sentidos. Quizá su hermosura no pueda compararse con la de los mosaicos de la Basílica de San Marcos, pero sin duda merece la pena pararse a observarlos.
«Remember that the most beautiful things in life are often the most useless; peacocks and lilies for instance»
Después de dos meses en el desierto, necesitábamos la seguridad de los oasis. Bebamos entonces agua fresca y parémonos a observar los imbricados troncos de las palmeras, sus copas cargadas de flor de primavera, que serán dorados dátiles en invierno. Apreciemos los distintos tonos de verde, las sombras que sus hojas proyectan durante la mañana y cómo desaparecen un instante a mediodía. Prestemos atención al concierto de los pájaros, a la anidación de las lavanderas y a las nubes que se reflejan sobre la superficie del agua. Acariciemos el rojo de los ladrillos de adobe, cada uno diferente al otro, y las flores menudas que crecen entre las grietas.
Honremos el escándalo de la primavera en nuestras ciudades. Porque sí importan el color del cielo, la forma de los árboles y la danza de las hojas. Porque importa la belleza que trae la brisa y el placer de respirarla.
R.G. June.