
Nueva York, estación de metro de Wall Street. Foto: M.
Esteban García Bernal
Veintiocho de febrero de dos mil veinte, Estados Unidos, Nueva York, Gual Estrit, el toro —antes de saber nada de cuarentas ni cuarentenas—.
Ahí estoy yo, como el turista de turno, tapado hasta la punta de las orejas porque, pijo, en Murcia no hace este frío. Acabo de hacer la visita a la Estatua de la Libertad —que de libertad lo único que tiene es que está en una isla para ella sola— y la verdad es que me ha gustado más el paseo en ferri. El no haber muerto de congelación ipso facto imbecilis en el trayecto se lo debo por completo al verdadero Capitán América, esto es, a un compadre mexicano que tenía su puesto callejero de ropa en un parque colindante al puerto. Tras no demasiado regateo —mi cara de Jack Nicholson al final del Resplandor me delataba por completo—, le había comprado un gorro por 10$ que es “bien bueno pa’l frío, amigo”. A la altura de la frente, en el dobladillo, tiene bordado un “NY” bien grande, supongo que para que no queden dudas de lo buen turista que soy y, por supuesto, también “pa’l frío”.
El hecho en cuestión es que, una vez terminada la visita a la señora azul de la falda larga, salgo del puerto y doblo un par de calles hasta encontrarme con el famoso toro de bronce. Ni sé quién es el artista que lo esculpió ni me interesa, pero lo que encuentro es tan gracioso que hasta siento pena. Una marabunta de turistas de primer nivel —por supuesto de un rango muy superior al mío— forman una caótica cola para “admirar” al animal. Cámaras de fotos y teléfonos móviles en ristre, flashean a la bestia hasta dejarla ciega.
Pero el despliegue de medios no es sólo por la foto —que también—, caigo en la cuenta de que hay algo más. Los muy bastardos están manoseándole las partes nobles al mastodonte broncíneo que, pequeño y asustado, se limita, resignado, a permanecer quieto y en silencio.
—Dicen que da suerte —dice por fin M—.
—Qué manera de tocarle los huevos al toro —añado con toda la resignación del mundo en la boca—.
—Es un buen título para un artículo.
—No lo leería nadie —digo con una media sonrisa cómplice— a nadie le interesa un toro que no va a morir.
Nos fuimos de allí sin alterar más la relativa tranquilidad del uro. Ni qué decir tiene que no nos echamos la foto, demasiado les tocamos las pelotas a los de aquí como para encima ir a joder a otros. Además, había demasiada cola.