Un día como hoy, viernes, me acuerdo de mis compañeros de trabajo cuando les preguntaba: «¿qué vas a hacer en tú día libre?» Y su respuesta «era sofá, manta y Netflix«. Nuestro día libre era un día esperado entre nosotros, ya que era el único que podíamos descansar. Recuerdo que estaba deseando que fuera miércoles porque no había más días libres. La verdad que estar en casa estas semanas es un privilegio, no me quejo porque es un sueño cumplido, estar en tu casa sentada en tu sofá, con una manta roja abrigada viendo la serie que llevabas esperando meses, parece mentira todo, pero cuando llevas 3 días en tu casa sin pisar la calle te planteas que está pasando. Cómo de repente el mundo se ha paralizado sin avisar, cómo el miedo y la incertidumbre nos hace personas egoístas antes los demás. No seré yo quién lo cuente. No pensé que las películas que veía de pequeña podría vivirlas en un futuro, no creía que una crisis sanitaria podría paralizar el mundo, pero si una guerra mundial, no creía que las calles se iban a quedar solitarias, no sabía que un pueblo de 31.562 habitantes no habría ninguna persona en un fin de semana en la calle, las casas cerradas, los centros comerciales, las cafeterías, los bares… Nunca imaginé que existiera la palabra confinamiento y que se emplearía.
Al tercer día subí al balcón de la casa de mis padres y pude comprobar que nunca había visto tantos coches aparcados enfrente de casa, de todos los colores y gamas, incluso los estuve organizando por colores, matrículas, etc. Lo que ocurría, ver a tus vecinos asustados, dejar de escuchar la sirena del instituto de enfrente de tu casa todas las mañanas o no volver escuchar el ruido de los alumnos volviendo a casa, era algo complicado de imaginar. Me preguntaba en mi cabeza «no es para tanto». Mis amigas me decían que están exagerando, la verdad es que no es una exageración, lo que pasa es una realidad aturdida. Una realidad que nos está enseñando a valorar la vida y cómo de repente nos quitan el privilegio más grande, que es ser libre. Extraño el olor a café de todas las tardes a la misma hora a las cuatro de la tarde, extraño los ratitos al sol, extraño mis mañanas caminando en la playa con los pies en el agua, extraño mis domingos de ruta por el campo y la montaña, extraño a mis amigas, extraño a Andrea diciéndome venga vamos es por aquí, extraño a Érika alegrando la ruta, extraño a Marina quejándose «esto no me gusta, el monte no es para mí», extraño a mis amigas de la carrera, a mi Blanquita, Noelia con su dureza como un pan, extraño los cantos de Nuria, extraño la organización de Lorena, extraño los chistes de Victoria, extraño el olor a café de la cantina de mi facultad a las 8 de la mañana, extraño a Carlos el camarero simpático…
El sueño cumplido nos ha hecho perder varios privilegios tenemos en la vida, esto no se trata de clase sociales, se trata valorar un poquito más la vida. Esperemos que este sueño no se convierta en una pesadilla y que podamos despertar lo antes posible y que nos ayude a trabajar más con nosotros mismo a descubrir “el valor de la vida”.
Jacqueline Puchaicela Cabrera